Columna por: Celeste Espinosa

“A lo largo de la novela, seremos testigos de los recuerdos más lejanos de la protagonista, quién parece ir buscando la presencia de su hermano en cada detalle, en cada mirada […]”


Cuando comencé a leer literatura contemporanea, una de las primeras autoras que saltó en mi camino fue Brenda Navarro, ya escribí en otra ocasión sobre su libro Casas Vacías, dónde aborda con maestría la perdida de un hijo, es decir, literalmente un hijo extraviado, al mismo tiempo que narra el desarrollo de un niño en el espectro autista, en aquella ocasión, Navarro surgía de entre las muchas voces que intentaban hacerse un espacio en ámbito literario y sin duda supo hacerlo contundentemente, pues ese libro se distribuyó en formato digital de forma gratuita, recuerdo muy bien que entre amigas nos pasábamos el dato de dónde leerlo, nos reuníamos exclusivamente a hablar de ello y alababamos la escritura de Brenda. Por eso es que cuando anunció la publicación de su segundo libro mis espectativas fueron altísimas.

Brenda Navarro nació en México, estudió sociología y economía, para después realizar la maestría en Estudios de Genero, Mujeres y Ciudadanía en Barcelona, desde joven mostró interés en la literatura, por lo que fundó #EnjambreLiterario cómo medio de divulgación de las voces femeninas en Latinoamérica.

Brenda Navarro

Ceniza en boca comienza con un suicidio, no hay forma más sutil de decirlo porque es así como Brenda comienza su novela, un joven lanzándose el precipicio desde la ventana de su habitación, una mujer que recibe el aviso, una mujer que intenta comprender qué paso con su hermano, por qué decidió quitarse la vida y por qué lo hizo de una forma tan estruendosa, desde la primera página, Brenda nos lleva en una lectura vertiginosa, rápida, incluso se siente un tanto ansiosa, como cuando ocurre un incidente y todos quieren contar a detalle lo sucedido con urgencia, como queriendo evitar que otra persona les quite la palabra. 

A lo largo de la novela, seremos testigos de los recuerdos más lejanos de la protagonista, quién parece ir buscando la presencia de su hermano en cada detalle, en cada mirada, un recorrido por una infancia marcada por el desarraigo, en el que la protagonista y Diego, su hermano, se ven obligados a migrar de una Ciudad de México llena de color a la periferia de Madrid, donde no ven más que cemento, a palabras de la protagonista.

Iremos recorriendo las experiencias de unos niños que pasan de tener una familia a vivir con una madre ausente, hambrienta de reconocimiento y tal vez, enojada por tener que lidiar con dos niños que no se sienten a gusto en su nuevo hogar. 

Conforme la protagonista crece comienza a trabajar en empleos esclavizantes, pues no hay mejor manera de nombrarlos, cuidando adultos mayores, Brenda vuelve a mostrar sus inquietudes en torno al trabajo de cuidado y el trabajo doméstico, no como una simple queja, sino como una denuncia de lo desigual que resulta el trabajo para las mujeres, mucho más cuando son mujeres migrantes, precarizadas, pobres.

A su vez, Diego  comienza a ser consciente de las realidades que muchos de sus contemporáneos no quieren ver, de la imposibilidad de movimiento que existe como migrante, de la forma en cómo, socialmente, siempre serán vistos como individuos de segunda, a menos que consigan amasar una fortuna, entonces el entorno cambia, Diego está tan consciente de ello que lo palpa:

Siento que tengo un hueco aquí en el estómago, me dijo, y se señaló la panza, y que se me sube algo muy caliente por aquí, y se tocó el pecho y luego la tráquea, y lo único que me calma es gritar.

Todo esto se va desarrollando desde el recuerdo al mismo tiempo que la protagonista lucha con todas sus fuerzas por encontrar consuelo, una bocanada de aire que la saque del encierro que es el duelo, que le permita voltear la mirada a otra parte dónde ninguna de las injusticias que provocaron la tragedia ocurran, pero no existe y tiene que enfrentar la realidad con lo que tiene a la mano.

Mientras leía esta novela me encontraba inmersa en una especie de vínculo extraño con alguien que me recordaba a ese Diego tan cercano a todo, tan sensible a la vida pero al mismo tiempo tan triste, podía claramente imaginarme lo difícil que debe ser entender tantas cosas, sentir tanto al mismo tiempo y no poder hacer nada para cambiarlo, tal vez por ello es que la lectura de esta novela tuvo que ser lenta, no podía devorar el libro en una sentada porque en algún punto me asfixiaba, me encontraba entre las palabras de Navarro y necesitaba tomar aire.

Brenda Navarro, sin embargo, no culmina su texto abruptamente, sino que lanza una especie de manifiesto, una reflexión que no quiero ni siquiera parafrasear, porque me parece tan precisa que me es necesario citar una parte: 

Me truncó mis planes de alguna manera, me hizo sentir manca, coja, totalmente incapacitada para sentir que tendría una vida que valiera la pena, no por él, sino porque me hizo ver cosas que yo evadía, me hizo comprender de un mazazo que una vez que entiendes tu lugar en el mundo, ese dolor de estómago que a mí me daba en ocasiones de mucho estrés, se vuelve perpetuo. Vivir con el goro goro para siempre, porque la angustia de vivir te inmoviliza. Porque del pasado se sobrevive, pero del futuro qué, ¿qué haces sin futuro? Igual eso pensó mi hermano y quizá por eso mismo es que se aventó. ¿Cuál futuro? Está muy cabrón eso de vivir para el futuro porque ya te sientes inútil en el presente y miserable en el pasado.

Y me parece tan cierto que aturde, cuándo comenzamos a ver la realidad en la que nos encontramos, parece asfixiante e incluso irreal que exista una industria dedicada a que “seamos felices”, pero es que entonces ¿es la vida sólo el duelo previo a la muerte?

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