La última parada en este viaje a través de la boca de la oscuridad se encuentra en lo feo. En la extravagancia y la divergencia de la estética acostumbrada. ¿Qué es feo y por qué es feo? ¿Acaso todo aquello que no está bañado en luz y simetría merece ser ignorado o condenado? 

El espejo de lo feo

Kant –sí, seguimos con el señor alemán– asocia la muerte con lo feo apelando a la razón y cómo ésta existe en vida; por lo tanto, la muerte es un contrario directo al ser un final para la razón. La cual, si nunca es pasiva, entonces se crea una dicotomía entre la vida (positivo) y la muerte (negativo). En la manera en la que el sujeto se vuelve a sí mismo a partir de un objeto (bello) exterior desde la razón que permite la complacencia del ser, lo mismo no puede suceder desde la negación de la razón, que es la muerte y que no permite tal complacencia aunque se parta del mismo ideal de belleza, que en el caso kantiano, es la figura humana. Así como la producción artística debe apelar a la razón, alejándose de la recepción de sensaciones que pueda confundir al sujeto, la alegoría permite que la razón interprete lo feo y alejado de lo positivo, evitando el “juicio meramente estético”. 

Doctor Who 05X02 (2010)

El problema de categorizar a la muerte dentro de lo feo es la abstracción de la misma, incluso podría argumentarse que la muerte es sublime. Lo muerto no. Lo feo, así como lo grotesco, van de la mano en cuanto a que el fenómeno debe ser visible de alguna manera, sólo así es el objeto es capaz de transmitir repulsión, asco o simple desagrado; es así como Kant justifica que el arte excluya la realización de objetos feos, y en su lugar, represente el concepto –feo– a partir de un símil bello, pues la repulsión arruina la belleza estética. Nuevamente se mantiene el problema de lo feo, y por extensión, lo grotesco, como un opuesto a lo bello y lo sublime. Sin embargo, ambas categorías “negativas” son capaces de mantenerse por sí mismas, como ha sucedido desde las primeras representaciones religiosas encontradas en culturas antiguas.

The Egg, Alfred Kubin (1901-1902)

La capacidad humana de simbolizar ha llevado a la creación de dioses y mitos cargados de actos brutales, desde la zoofilia y los monstruos engendrados a partir de ésta –mismos que siglos más tarde justificaran el dominio cristiano–; pasando por desollamiento, decapitaciones, sacrificios y hasta la veneración de deidades martirizadas a partir de ritos caníbales. ¿Hasta qué punto lo feo se convierte en algo grotesco? Si ambos están íntimamente ligados al cuerpo, y, por lo tanto –según la expansión del cristianismo– de lo moral, algo feo es algo que va en contra o sale de las estéticas aceptadas en un lugar y tiempo determinado; sin embargo, lo grotesco va más allá, no sólo alejándose de dichas estéticas, sino que se desborda, dejando ver lo subyacente a lo feo, lo que no se ve, lo que no se quiere ver.

Así como parece imposible que la imagen de Jesucristo crucificado sea vista como el ajusticiado en una cruz después de ser torturado, también se niegan los ojos a ver la realidad de un niño que no ha comido en semanas en las fotografías de World Press Photo.

Three studies for a crucifixion, Francis Bacon (1962)

Sin luz al final de la gruta

El gran problema de las categorías estéticas es la predisposición con las que se abordan, en donde la moral va a intervenir de una u otra forma, así como todas las demás ramificaciones que implica el velo invisible que es la cultura. Lo grotesco no tiene que ver con un miedo a la muerte, la descomposición o el dolor, sino con el enfrentar la vida y lo que ésta implica; atreverse a ver, a intervenir en la realidad con el cuerpo, alejándose de modelos morales y falsas dicotomías. Lo grotesco ofrece la abolición de categorías y una nueva estabilidad del mundo desde lo que Victor Hugo llama en su prefacio a Cromwell el “cuerpo y el alma, la bestia y el espíritu”. No importan las proporciones. La identidad y lo estático pueden fundirse para deshacer la cosa categórica. 

El nacimiento de las vanguardias está directamente relacionado con lo grotesco, con sus modelos y rupturas, es por eso que cada manifiesto implicó el tropiezo del anterior. Proferir ese grito es poner fin a toda seguridad o certeza, es algo auténtico que llega a reventar la piel, sacude la tierra y aniquila conceptos. La representación del cuerpo y sus mutaciones oscilan entre el enigma de la carne entregada al deseo y la asfixia de la que buscan escapar. La posmodernidad se encuentra insertada en esa oscilación. Ninguna representación temporal escapa al síntoma de la época.

Lo moderno nace de lo grotesco y la gruta parece no tener salida. 

Laberinto del Fauno (2006)

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