La “revolución perpetua” del arte mexicano se exhibe en la Galería de Arte del Sur de Australia, incluyendo la picardía, la alegría y el dolor de la icónica obra de Frida Kahlo.


Hay una enorme disonancia cognitiva –si es que es tan común que pasa desapercibida– en el clamor del marketing en torno a la exposición de invierno de la Art Gallery of South Australia (AGSA), Frida & Diego: Love & Revolution.

Es difícil no sentir repulsión por la turbulenta relación de Frida Kahlo y Diego Rivera, las dos cartas de presentación de este fascinante vistazo al modernismo mexicano. O tal vez, como artistas que eran, conocedores de la realidad de ganarse la vida a duras penas en la brutal maquinaria del capitalismo, asintieran con resignación. Tal vez, dirían, éste es el precio de ser visto. Tal vez el arte permanezca, brillando impúdicamente a través de su contexto reductor: bello, radical, vivo hasta el final.

Al fin y al cabo, la lucha del artista por existir es una constante desde el Renacimiento. Aunque el arte puede acumular un enorme valor de capital –en 2021 un cuadro de Kahlo se vendió por 34.9 millones de dólares–, los artistas suelen trabajar en una pobreza nada romántica. Una de las últimas imágenes del atractivo catálogo de AGSA es una carta de Kahlo a su mecenas, Natasha Gelman, en la que le pide que le pague un pequeño cuadro. “Estoy muy corta de dinero y hoy tengo que pagar facturas y otras cosas… Perdóneme y no sé lo que piensa de mí, ya que soy una presuntuosa irrespetuosa, pero si no fuera porque realmente lo necesito, le juro que no le estaría molestando…”

Poesía y mecenazgo

Esta colección de más de 150 obras, siendo la más grande presentada en Australia fue reunida por Natasha y su marido, Jacques Gelman, productor de cine, tras establecerse en México en los años treinta. Es una de las tres colecciones importantes que poseían: eran mecenas y compraron una constelación de artistas que más tarde se convirtieron en estrellas mundiales. Pero el mercado del arte era probablemente la menor de las contradicciones en las que vivían y trabajaban estos artistas. Para ellos, tanto el amor como la revolución eran realidades dolorosas y estimulantes.

La Revolución Mexicana duró oficialmente de 1910 a 1920, fue larga, violenta y caótica, y se calcula que costó la vida a unas 900,000 personas. Cuando el poeta Vladimir Mayakovsky, autodenominado plenipotenciario de la poesía soviética, visitó México en 1925, encontró su política “excéntrica”, con cada nueva investidura presidencial “acompañada por la pistola”. Observó que todo el mundo, desde los 15 hasta los 75 años, tenía una Colt:

Un revolucionario es cualquiera que, arma en mano, puede derrocar a la autoridad reinante, independientemente de quién sea la autoridad reinante. Y como en México todos han derrocado o están derrocando o quieren derrocar al régimen actual, todos son revolucionarios.

Mayakovsky fue recibido en la estación de Ciudad de México por Rivera. Bromeando, nunca conoció a Kahlo, ya que Rivera aún estaba casado con su segunda esposa, la novelista Guadalupe Marín. Las observaciones del poeta sobre el arte mexicano siguen siendo pertinentes: observó sus raíces indígenas como expresión de la lucha contra la esclavitud colonial, y también el deseo contemporáneo de casar estas tradiciones con la pintura modernista europea.

En aquella época, Rivera, junto con José Clemente Orozco y David Alfaro Siqueiros, fue uno de los “tres grandes” a los que el gobierno encargó la creación de murales públicos para la población, en su mayoría analfabeta. En las paredes de esta exposición, diseñada por Grieve Gillett Architects, se reproducen detalles de los murales de Rivera. Incluso en el contexto de una galería resultan asombrosos, rebosantes de color y simbolismo, tan ricos como las vidrieras medievales cuyas funciones reproducen.

Modernismo mexicano en Australia

La exposición incluye nueve cuadros de Rivera, desde el encantadoramente antropomórfico Paisaje con cactus (1931) hasta la estilizada belleza de Vendedora de alcatraces (1943), con sus detalles de pelo trenzado y cestería enmarcando los luminosos corazones de lirios. Estas obras se exhiben junto a otras impresionantes de artistas afines a Rivera y Kahlo.

Destacan la alegre abstracción en rojo, blanco y negro Fiesta de pájaros (1959), de Carlos Mérida; Naturaleza viva (1946), de María Izquierdo, una surrealista combinación de cielos ominosos y paisajes moribundos con sandías y conchas; y un ingenioso collage fotográfico, El sueño de ahogado (c. 1945), de una de las primeras fotógrafas mexicanas, Lola Álvarez Bravo. Fue amiga de Kahlo de toda la vida y estuvo casada durante una década con otro de los artistas aquí incluidos, Manuel Álvarez Bravo. La amplia selección de fotografías incluye retratos de Kahlo realizados tanto por las Bravo como por otros estudios, varios exuberantes retratos del fotógrafo (y amante de Kahlo) Nickolas Muray, y una imagen de las muletas de Kahlo realizada por Patti Smith.

Político y personal

Esta exposición rescata a Kahlo del espléndido aislamiento del genio con el que demasiado a menudo se la ha dotado. Destaca cómo vivió y trabajó en una comunidad de artistas que incluía a muchas mujeres, parte de un complejo paisaje intelectual en el que su arte tenía peso político, además de psicológico y emocional. Los fluidos corporales que pintó tan a menudo no eran sólo los suyos: eran la leche de sus madres indígenas, la sangre de mujeres asesinadas en una sociedad violenta y misógina, lágrimas por un país violado por potencias coloniales salvajes. Para Kahlo, lo personal era profundamente político.

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