El suicidio de muchos autores nos ha dejado obras que se sienten profundas, más allá de explicar los motivos y de querer dejar en claro los sentimientos de quienes se han envalentonado para llegar a esa resolución, nos dejan un último suspiro de la forma en que se encontraba su interior.


El trabajo artístico es muchas veces romantizado, ya sea muy al estilo aestetik con los reels infinitos de personas haciendo arte en un espacio lindísimo colmado de luz y con el capital suficiente para vivir de ello, o también al estilo del siglo XIX, muy al estilo de los poetas malditos, con las emociones a tope, lleno de excesos y un final trágico. A veces, dedicarse al arte, en este caso, a la literatura, puede ser interpretado como un trabajo emocional y mental que requiere de compromiso, tal vez tiene que ver con que sí existe una introspección a la hora de escribir, a veces, los escritores sí dejan parte de sí mismos en sus textos, por ello es que en ocasiones ocurre que autores que deciden tomar su vida y dejar trás de sí un escrito nos despejan algunas dudas. El suicidio de muchos autores nos ha dejado obras que se sienten profundas, más allá de explicar los motivos y de querer dejar en claro los sentimientos de quienes se han envalentonado para llegar a esa resolución, nos dejan un último suspiro de la forma en que se encontraba su interior.

Son muchos los ejemplos de autores que han decidido poner fin a su estancia en este mundo, como Anne Sexton, Sylvia Plath, Ernest Hemingway, Yukio Mishima, sin embargo, algunos de ellos dejaron una despedida del único modo en el que supieron expresarse en vida, con sus palabras. 

Uno de los autores que dejó una carta póstuma que impacta en muchos niveles es Andrés Caicedo (1951-1977), un escritor colombiano que escribió novela, cuento y teatro, además colaboró en el cine como guionista, actor y director, y que ya en su niñez se enfrentó a la muerte de sus hermanos y a ello se le sumaron un par de problemas físicos como la tartamudez y una marcada miopía, por lo que fue un joven a quien le costó sentirse cómodo en ningún lugar. A lo largo de su vida, aunque fue corta, se entregó a la literatura con pasión, sin embargo, la melancolía nunca lo abandonó, por lo que intentó quitarse la vida en tres ocasiones, siendo la primera en la que dejó esta carta:

Mamacita: Cali, 1975.
Un día tú me prometiste que cualquier cosa que yo hiciera, tú la comprenderías y me darías la razón. Por favor, trata de entender mi muerte. Yo no estaba hecho para vivir más tiempo. Estoy enormemente cansado, decepcionado y triste, y estoy seguro de que cada día que pase, cada una de estas sensaciones o sentimientos me irán matando lentamente. Entonces prefiero acabar de una vez.
De ti no guardo más que cariño y dulzura. Has sido la mejor madre del mundo y yo soy el que te pierdo, pero mi acto no es derrota. Tengo todas las de ganar, porque estoy convencido de que no me queda otra salida. Nací con la muerte adentro y lo único que hago es sacármela para dejar de pensar y quedar tranquilo.
Acuérdate solamente de mí. Yo muero porque ya para cumplir 24 años soy un anacronismo y un sinsentido, y porque desde que cumplí 21 vengo sin entender el mundo. Soy incapaz ante las relaciones de dinero y las relaciones de influencias, y no puedo resistir el amor: es algo mucho más fuerte que todas mis fuerzas, y me las ha desbaratado.
Dejo algo de obra y muero tranquilo. Este acto ya estaba premeditado. Tú premedita tu muerte también.
Es la única forma de vencerla.
Madrecita querida, de no haber sido por ti, yo ya habría muerto hace ya muchos años. Esta idea la tengo desde mi uso de razón. Ahora mi razón está extraviada, y lo que hago es solamente para parar el sufrimiento.

Caicedo decidió terminar con su vida a los 25 años, sin embargo, en su carta podemos leer una interpretación de la muerte más encaminada a la liberación que victimizante, Andrés Caicedo concibió que el suicidio era la única forma de “vencer” a la muerte misma y por lo tanto, eso lo liberaba del sufrimiento en el que vivía y decidió que sus últimas palabras fueran a su madre en forma de carta.

Otra autora que decidió poner fin a su vida fue la mítica Virginia Woolf (1882 – 1941), nacida en Inglaterra, Virginia es, hasta la fecha, un parteaguas a la hora de hablar de feminismo, pues en su obra aborda la necesidad de que las mujeres formen parte de las actividades intelectuales, así como la emancipación económica, la diversidad sexual, entre muchos otros tópicos, sin embargo, su genialidad no le impidió padecer profundas depresiones, acrecentadas en ciertos momentos de su vida, lo que lleva a creer a diversos expertos actuales que la autora padecía bipolaridad. Virginia Woolf puso fin a su vida a los 59 años, dejando como último legado un par de cartas, una para su hermana y otra para su esposo:

Querido:
Creo que voy a enloquecer de nuevo. Siento que no podemos atravesar otro de esos tiempos horribles. Y esta vez no me recuperaré. Comienzo a escuchar voces y no puedo concentrarme. Así que voy a hacer lo que creo que es lo mejor. 
Tú me has dado la mayor de las felicidades posibles. Has sido, en todos los sentidos, todo lo que alguien puede ser. No creo que dos personas puedan haber sido más felices hasta que llegó esta enfermedad. Y ya no puedo seguir peleando. Sé que estoy arruinando tu vida, que sin mí podrás trabajar. Y lo harás, lo sé. Ya ves que no puedo ni siquiera escribir esto con propiedad. No puedo leer. 
Lo que quiero decir es que te debo toda la felicidad de mi vida a ti. Has sido totalmente paciente conmigo… e increíblemente bueno. Quiero decirlo, aunque todo el mundo lo sabe. Si alguien pudiera salvarme solo podrías haber sido tú. Todo se ha marchado de mí, salvo la certeza de tu bondad. Y no puedo seguir arruinando tu vida durante más tiempo. 
No creo que dos personas puedan ser más felices de lo que nosotros hemos sido. 
V.

En esta carta, Virginia Woolf narra de forma casi poética la manera en que vive con los problemas mentales, lo complicado que fue para ella tener otra recaída pero también agradeciendo el amor y la comprensión dada por su esposo y su familia. Para Virginia, como para Caicedo, la muerte no era un destino trágico, ni la interrupción de una vida colmada de alegría, no era motivo de temor, ni de angustia, sino de liberación del sufrimiento. En el caso de Virginia Woolf, el sufrimiento era producto de una enfermedad mental que amenazaba con las pocas certezas que tenía, en el caso de Caicedo el sufrimiento fue producto del exterior que instaló la desolación y la tristeza en él. En ambos casos dejan obras impecables, que permiten análisis infinitos sobre sus vidas y los finales que decidieron, sin embargo, tal vez en busca de respuestas, pienso que es mejor leer y tomar lo que ellxs eligieron como su obra final, dejar que sean ellxs y nadie más, quienes enuncien su final.

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