Mar. Jul 5, 2022
12:44 am

Las voces femeninas en Casas Vacías de Brenda Navarro

“Navarro desaparece los límites de su propia narrativa e introduce una voz diferente, alterna, que en principio parece ajena a lo que sucede, pero que después nos narra un deseo desesperado por ser madre […]”


La literatura actual se ha destacado, a mi parecer, por narrativas que no son desconocidas, pero que son abordadas con una energía nueva, con una perspectiva refrescante que era necesaria después de una ola de escritores que parecían levantar con orgullo una forma de ver el mundo muy específica, a veces, incluso, cerrada. Por ello considero relevante leer voces femeninas que no temen explorar las emociones y que son capaces de llevarnos desde la desesperación hasta la calma. Precisamente este es el caso de Brenda Navarro con su primera novela “Casas Vacías”.

Brenda Navarro es una escritora y socióloga que destaca en esta novela por no tener reparos en mostrar un estilo muy claro, muestra una destreza narrativa que sorprende en cada apartado. Casas Vacías aborda muchos temas, en primer lugar la maternidad desde una premisa desoladora: la pérdida de un hijo. 

“Te imaginas todo menos despertar un día con la pesadez de un desaparecido. ¿Qué es un desaparecido? Es un fantasma que te persigue como si fuera parte de una esquizofrenia.” Brenda Navarro divide su novela en tres partes que nos llevan a conocer a dos personajes femeninos completamente diferentes en entorno, en personalidad y en descripción. En la primera parte conocemos a la mamá de Daniel, quien cuenta desde una voz muy personal, a modo casi de diario íntimo, cómo fue que perdió a su hijo. Daniel no desapareció de forma dramática, no tuvo un intento heróico de rescate ni se fue entre gritos desesperados de una madre que mueve todo para salvarlo, Daniel desaparece en un parpadeo. 

A partir de entonces los lectores somos testigos de una desesperación escalofriante, digna sin duda de una novela de horror, surgida de la voz de una madre que trata de recordar cada instante de su paseo en el parque donde su hijo dejó de existir para ella. Con una facilidad abrumadora nos sentimos identificados con la ansiedad que irradia una mujer que se cuestiona su maternidad, y es que Navarro encuentra en esta voz las preguntas que surgen en muchas de nosotras: ¿Qué significa ser una buena madre? ¿Por qué se elige a una pareja y no a otra? ¿Qué se hace ante tanta frustración? ¿Cómo se sobrevive a un desaparecido? Todo esto desde una alternancia de temas que muestran de forma muy precisa la forma en que la mente divaga y supone y analiza y cuestiona todo cuando se está en una situación de angustia.

Brenda Navarro

Sin embargo, Navarro desaparece los límites de su propia narrativa e introduce una voz diferente, alterna, que en principio parece ajena a lo que sucede, pero que después nos narra un deseo desesperado por ser madre, una cotidianidad abrumadora en la que fácilmente podemos ver un apego que, me atrevería a decir, nos es familiar a más de una. Sin miedo y con empatía, Navarro usa un lenguaje diferente, cotidiano y familiar para también mostrar un personaje que nos será entrañable, al que en principio podemos cuestionar, pero que a lo largo de su historia comenzaremos a entender, un ejemplo claro es cuando nos muestra cómo piensa:

Una no es tonta, me doy cuenta que en otros lugares a una la ven mal, si no trae una ropita de marca, no es nadie, sino trae carro, no es nadie, si trae carro pero no es del año, mal. Por un lado te dicen que le eches ganas, que mejores la raza, que no te quedes pobre, pero si le buscas, te dicen arribista, pinche arribista que te avergüenzas de los tuyos, pero si te quedas donde dicen que es tu lugar, pues entonces que luego luego se te nota lo india, lo quesadillera, lo verdulera, lo totonaca.

Y es que es el lenguaje de sus personajes del que hace uso Navarro para mostrarnos no solo sus pensamientos, sino también sus deseos y la motivación que las lleva a tomar las decisiones que toman, como se muestra en el fragmento y que contrasta con la manera de manejarse de la mamá de Daniel, que a pesar de la desesperación tiene usa un lenguaje medido, reflexivo “Que se acabara todo de una vez y para siempre. Que hubiera un terremoto, una bomba, una guerra, una pistola, unos insurrectos rencorosos, una araña venenosa, un edificio de veinte pisos, una valentía. Nunca he sido valiendo, por eso sigo viva” 

Sin duda ambas son voces femeninas que parten de dos lugares diferentes para compartir un mismo punto, en una existe la prisa, el deseo desesperado de ser, de obtener, el entusiasmo por un futuro incierto, la fuerza, también, un coraje no disimulado. Por otra parte, en la otra hay un vacío que se se ve forzado a ser llenado con palabras en las hubo reflexión porque hubo tiempo para esperar la aparición del hijo perdido y que al no llegar, se piensa, se escribe, se dice. 

Esta novela narra el dolor más punzante, de ese que no se llora que se vive, que se lleva a cuestas a todos lados y que no da tregua porque está pegado como ventosas de un pulpo que te aprisiona hasta para respirar. Un libro que narra la realidad de miles de madres que viven buscando a sus hijos e hijas en este país de desaparecidos donde la guerra no es con el otro sino con la propia angustia. 

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