Mar. Jul 5, 2022
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Nueva York en los 80: Identidades y resistencias

Imagen destacada: The Ballad of Sexual Dependency, Nan Goldin (1986)


“Muchos artistas de la época fungieron como activistas al demandar espacios de diálogo; así como atención médica, ya que muchos doctores no contaban con la obligación ética de atender pacientes con VIH”.


Nueva York, los años 80. Una generación clandestina. Un periodo marcado por una desbordante energía creativa pero también por una gran precariedad económica. Con el telón de fondo de los conflictos socioculturales, el VIH continuaba su marcha, especialmente en la comunidad homosexual. 

Crisis en las calles

La necesidad de actuar contra el sida era urgente. Sin embargo, la respuesta del gobierno estadounidense de la década respondió con movimientos criminales. La negativa a tener en cuenta a las minorías afectadas en los primeros años de la enfermedad -homosexuales, adictos, inmigrantes, afromericanos, etc.- supuso una censura de la misma; de sus modos de transmisión y de los medios de protección contra ella. 

Kissing Doesn’t Kill: Greed and Indifference Do (1989)

La lucha por la representación y la palabra se convirtió en una cuestión de vida o muerte. Resultaba imperativo establecer un diálogo que tuviese en cuenta todas las dimensiones de la enfermedad -social, política, económica-, basado en una estructura que pudiese implicar a todas las comunidades, minoritarias y dominantes, en un verdadero debate social.

En respuesta a esta necesidad se crearon un gran número de organizaciones, entre ellas ACT-UP, en cuyo seno se desarrollaron numerosos proyectos visuales. El más destacado fue el colectivo Gran Fury, fundado en 1987, para trabajar en campañas que pusieran de manifiesto los principales problemas políticos relacionados con el sida: racismo; misoginia; codicia de empresas farmacéuticas; irresponsabilidad del gobierno, etc. Con eso en mente, comenzó la producción de arte público de guerrilla que se basaba en la iconografía visual de los anuncios comerciales; tal es el caso de Kissing Doesn’t Kill: Greed and Indifference Do (1989). 

El activismo cultural en Nueva York a finales de la década resulto ser un terreno privilegiado para una articulación particularmente eficaz entre la teoría y la ejecución en la lucha contra el sida. Las prácticas artísticas de una gran variedad de colectivos son una prueba de la eficacia del arte en una lucha política y social. 

Silence = Death (1987)

El arte al servicio de la sociedad 

Muchos artistas de la época fungieron como activistas al demandar espacios de diálogo; así como atención médica, ya que muchos doctores no contaban con la obligación ética de atender pacientes con VIH/SIDA. Gracias a tales exigencias, surgió el colectivo Silence = Death, formado por Avram Finkelstein, Brian Howard, Oliver Johnston, Charles Kreloff, Chris Lione y Jorge Soccarás. Su impacto fue tal, que ACT-UP utilizó el póster del colectivo -inspirado en el grupo feminista Guerrila Girls- como imagen central de su campaña.

La fotógrafa Nan Goldin, el artista visual Keith Haring y el cineasta británico Isaac Julien también se sumaron a la producción de arte activista. Goldin documentó los eventos que se desarrollaron en The Ballad of Sexual Dependency. Este incluía una exposición de diapositivas de 1985 y la publicación de un libro de artista de 1986 con fotografías tomadas entre 1979 y 1986, que captaban la subcultura gay post-Stonewall de la época. 

Por su parte, Haring era abiertamente homosexual y fue diagnosticado con VIH/SIDA en 1987. Utilizó su obra como un medio para crear consciencia sobre el impacto del virus sobre la sociedad, apelando por sexo seguro. Ya en 1989, Julien realizó una obra que explora el deseo afroamericano queer en un escenario que no tiene tiempo ni lugar claros. Armoniza poesía e imagen para observar el mundo privado de los artistas y escritores afroamericanos que formaron parte del Renacimiento de Harlem en la década de 1920.

De igual manera, Félix Gonzáles-Torres abordó, en sus obras, la grave crisis que continuaba golpeando a la comunidad gay. En 1991, el artista cubano presentó Untitled (Billboard of an empty bed), fotografías en blanco y negro de la cama vacía de Gonzáles-Torres, ampliadas y expuestas como vallas publicitarias por todo Manhattan, Brooklyn y Queens; se trató de una profunda declaración sobre cómo el virus del VIH difuminaba las líneas entre las esferas pública y privada. La obra se montó el mismo año en que el artista perdió a su amante Ross Laycock por una enfermedad relacionada con el SIDA. El propio González-Torres falleció por la misma causa cinco años más tarde.

Untitled (Billboard of an empty bed), Félix Gonzáles-Torres (1991)

Dos décadas de protesta

Las tensiones raciales dominaron la política de la ciudad de Nueva York en las décadas de 1980 y 1990. La segregación residencial dejó a los barrios pobres, como el sur del Bronx, con una mayoría de afroamericanos y puertorriqueños. Los jóvenes blancos de clase trabajadora de Brooklyn y Queens intentaron preservar esta segregación mediante la violencia.

Nueva York se convirtió en el epicentro de la epidemia de SIDA. Los miembros de ACT-UP organizaron manifestaciones y actos de desobediencia civil para llamar la atención sobre las elevadísimas tasas de mortalidad y la inadecuada atención médica y servicios de apoyo. La ley estadounidense impedía que el dinero federal se utilizara para “promover, fomentar o condonar la actividad homosexual”, lo que también llevó a la financiación de programas contra el SIDA.

ACT-UP en la Marcha del Orgullo de Nueva York en 1989.

A principios de la década de 1990, los activistas queer trataron de ampliar los movimientos gay y lésbico para incluir a las personas bisexuales y transexuales. Esto también fue un movimiento para rechazar la diferenciación binaria entre heterosexuales y homosexuales. El vocablo -homófobo- queer alcanzó una amplia popularidad en algunos medios y grupos sociales, transformándose hasta ser apropiado por la comunidad e integrado a la academia.

En Nueva York se formaron grupos de acción directa, como Queer Nation o Lesbian Avengers, para aumentar su visibilidad y crear un espacio seguro para todos; los activistas se movilizaron en respuesta a la violencia homofóbica contra las personas LGBT. En 1991 se fundó el colectivo de activistas lesbianas Fierce Feminist, dedicado a la acción artística en asociación con ACT-UP. 

Manifestación a favor del aborto, Ayuntamiento, 1994.

El grupo activista Frente de Liberación Gay propone, al parecer, la identidad queer como una forma revolucionaria de vida social y sexual que podría trastocar las nociones tradicionales de sexo y género.

El derecho al aborto también fue objeto de una fuerte controversia durante los 80 y los 90. Los movimientos antiabortistas utilizaron el teatro callejero, la desobediencia civil y la violencia como pretexto para cerrar las clínicas; mientras que, por otra parte, los activistas a favor del derecho al aborto se manifestaron para asegurar acceso seguro a mujeres que lo necesitasen. 

Los abortos, los derechos de gays y lesbianas, la educación sexual en las escuelas públicas y la censura de las artes fueron las piedras angulares de las guerras culturales de la época. El movimiento feminista también desempeñó un papel importante en este periodo con las protestas en contra de las violaciones y el acoso sexual, con la intención de desmantelar las normas patriarcales opresivas. Exigían una mayor integración de las mujeres artistas en los museos de la ciudad, así como en los puestos de liderazgo político. 

Ignorance = Fear, Keith Haring (1989)

Como sabemos, las expresiones y teorías queer siguen desarrollándose y documentándose a nivel internacional. Los enfoques contemporáneos suman la interseccionalidad, donde las identidades sociales y políticas como el género; la raza; la clase; la sexualidad; las distintas capacidades; entre otras que pueden confluir para crear distintas manifestaciones culturales, al igual que -lamentablemente-, episodios de discriminación y privilegio.

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