“Esta es una novela perfecta para preguntarnos qué tanto es necesario mantenerse absorto en lo nuestro y qué tanto es necesario colectivizar y ser comunidad […]”


Estaba sentada frente a la hoja en blanco pensando en cómo comenzar cuando en la parte superior de mi archivo vi la frase “¿Qué desea hacer?”, sinceramente es una frase que he visto sin mirar todas las veces que he abierto cualquier cosa en Word, pero por algún motivo, esta ocasión generó dentro de mí un profundo impacto, ¿qué deseo hacer?, de repente me pareció la pregunta más complicada del mundo, una incógnita con tiene la capacidad de mantenerme despierta por muchas noches, hace mucho tiempo que no pienso en qué deseo hacer, creo que el ritmo acelerado que elegí vivir (porque es cierto que lo elegí, tampoco puedo negar mi responsabilidad) me ha llevado a existir solamente y lo digo en la mejor de las formas, existir es lo que hago, pocas veces me detengo a pensar si lo que estoy haciendo me gusta o me emociona y casi todas mis decisiones están basadas en oportunidad, no en reflexión.

Tal vez es por ello que en ocasiones me siento profundamente desmotivada, si a ello le sumo que me encuentro bombardeada con información sobre las escasas posibilidades que tiene mi generación de tener una vida libre de preocupaciones, mi estado de ánimo fluctúa en una intensa necesidad de disfrutar el momento y un pesimismo palpable. 

Con todos esos pensamientos dando vueltas, decidí recomendar uno de los libros más famosos del escritor Albert Camus, El Extranjero, no sólo como una obra que merece ser leída, sino también por la filosofía que se encuentra detrás. Albert Camus, nacido en la Argelia Francesa, publicó esta obra en 1942 en medio del proceso europeo de la posguerra, a partir de entonces Camus comenzó a ser reconocido como un autor de renombre, con claras influencias del existencialismo, el cuál reflexiona sobre el motivo de la existencia humana.

En El Extranjero, Camus nos presenta a Meursault, un hombre que se muestra indiferente ante los acontecimientos que ocurren en su entorno. La novela comienza con la muerte de su madre, suceso que probablemente en una obra de cualquier otra índole desataría un conflicto interno o un desborde emocional, pero que Camus aprovecha para presentarnos la naturaleza pasiva y ajena de su personaje principal. En unas cuantas líneas podemos entender la forma en que Meursault vive, con una resignación autoimpuesta y si bien disfruta de los placeres que se encuentra en la vida, no es un ser con una pasión que irradie fuerza, sino todo lo contrario, parece describir a un hombre que se encuentra en el borde fino de la resignación y el pesimismo. 

Hoy ha muerto mamá. O quizá ayer. No lo sé. Recibí un telegrama del asilo: «Falleció su madre. Entierro mañana. Sentidas condolencias.» Pero no quiere decir nada. Quizá haya sido ayer.

Durante el funeral de su madre, Meursault se muestra un tanto ajeno al luto que los demás esperan ver en él, es importante resaltar que Meursault no es un personaje que pueda ser leído como alguien malvado por no sentir pena por su madre, tampoco es el personaje arquetípico popularizado en series del estilo de Dexter que esconden un secreto oscuro detrás de su faceta de frialdad ni mucho menos es un personaje que sólo pretenda que el entorno no le afecta, más bien parece ser un hombre un tanto inocente que solo se deja llevar por lo que ocurre sin cuestionarlo de más, ese rasgo, sin embargo, será interpretado de muchas formas en el desarrollo de la historia. En su vuelta a casa y a su rutina habitual, Meursault hace una reflexión que enmarca de forma puntual su forma de ser:

Quise fumar aún un cigarrillo en la ventana, pero sentí un poco de frío. Eché los cristales y, al volverme, vi por el espejo un extremo de la mesa en el que estaban juntos la lámpara de alcohol y unos pedazos de pan. Pensé que, después de todo, era un domingo de menos, que mamá estaba ahora enterrada, que iba a reanudar el trabajo y que, en resumen, nada había cambiado.

Con esto de antecedente, Meursault continua con su vida normal, se reencuentra con una mujer con quien se involucra y se vuelve amigo “cercano” de un par de vecinos, es justamente con uno de ellos que sucede la parte central de la trama, Meursault y Raymond comienzan a pasar tiempo juntos, hasta que un fin de semana Raymond le invita a una cabaña dónde Meursault es testigo de una agresión en contra de su amigo y en una sucesión de hechos, termina por asesinar al agresor. A partir de entonces comienza la segunda parte de la novela, en la que Meursault es interrogado por el delito que cometió, sin embargo, la cruda franqueza con la que habla y la evidente falta de remordimiento sólo logran que las autoridades desconfíen de él. 

Ilustraciones de José Muñoz

Para evitar cometer un spoiler que desanime a cualquier interesado en acercarse a la obra, me limitaré a dejar de lado el final de la novela, que tiene giros tan interesantes como puntuales, pero sí invitaré a la reflexión, ¿es acaso la naturaleza indiferente un defecto? Porque me parece absurdo que la creciente ola de consejos actuales, principalmente del tipo coaching de vida inviten a que no te importe nada más que el momento, a que te concentres en ti y en lo que sientes, a veces mal interpretado como un egoísmo exacerbado que termina por aislarnos de los sucesos colectivos.

Para mí, esta es una novela perfecta para preguntarnos qué tanto es necesario mantenerse absorto en lo nuestro y qué tanto es necesario colectivizar y ser comunidad, más allá del evidente conflicto moral que presenta Camus y de su cinismo natural, esta obra personalmente me la da pauta para pensar en colectivo, en que tal vez redundar en pensamientos negativos no me lleva a ningún lado y que también es valido no querer avanzar, sin embargo, que también es necesaria la conexión con el otro. 

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