Dom. Feb 5, 2023
11:52 am

Zapatos Rojos: “No hay nada más político que lo poético”


La ópera prima de Carlos Eichelmann Kaiser entrelaza, a través del viaje espiritual de un padre anciano y las confesiones de una joven, temas universalmente conmovedores como el dolor de la pérdida y la redención espiritual.


En el marco del 20° Festival Internacional de Cine de Morelia (FICM) el pasado mes de octubre, se presentó Zapatos rojos (2022), de Carlos Eichelmann Kaiser, cinta que participó en la sección de Largometraje Mexicano y cuya primera proyección se realizó durante el Festival Internacional de Cine de Venecia.

Treinta y tres familias rojas

El título de la película es un elemento simbólico que recuerda y representa la denuncia de todas las formas de violencia contra las mujeres. En 2009, en respuesta al aumento del número de feminicidios en México, la artista Elina Chauvet creó una instalación centrada en la exhibición de zapatos rojos en las calles, plazas y frente a escuelas como símbolo de protesta contra los feminicidios.

Durante el Festival de Venecia, en la Sala Giardino, esperaban 33 pares de zapatos rojos, recreando la instalación de Chauvet. Sí, porque ahora este es el símbolo de la lucha contra los feminicidios; originado en un lugar y una fecha precisa.

Instalación zapatos rojos de Elina Chauvet en el Festival Internacional de Cine de Venecia.

La idea se materializó por primera vez el 22 de agosto de 2009, en una plaza de Ciudad Juárez, Chihuahua, a partir de una donación de 33 pares de zapatos entregados por las familias de las víctimas. Cada par representaba a una mujer y la violencia que había sufrido. El proyecto tuvo entonces un amplio eco y difusión y fue replicado en otros países como Ecuador, Estados Unidos, España, Argentina e Italia, entre muchos otros.

La inspiración surgió de una experiencia muy dura y personal: el asesinato de mi hermana a manos de su novio en 1992, justo en esta ciudad de la frontera de Texas. Se llamaba Julia, y era la primera vez que revelaba su nombre: creo que ha llegado el momento. Hay que ponerle nombre a todo para curar las heridas.

Elina Chauvet

El silencio del desierto; el caos de la ciudad

Zapatos Rojos comienza de forma tranquila, con un ritmo lento que crece y se afianza sutilmente cuando aparecen las ansiosas luces de la ciudad, cuando el desierto se queda atrás y los pensamientos de los personajes se pierden en la algarabía de las calles. El improbable –y por ello muy acertado– dúo recorre caminos paralelos en un viaje íntimo y delicado que logra conmover debido a narrativas que se encuentran y se reconocen en el dolor del otro.

Las interpretaciones de Eustacio Ascacio (Tacho) y Natalia Solián (Damiana) representan a la perfección, de distintas maneras, el sufrimiento contenido y luego, al menos por un momento, liberado y compartido con alguien que, inevitablemente, parece tener el mismo destino. El encuentro entre los dos seres incompletos se asemeja a un ajuste de cuentas espiritual, donde uno refleja la conciencia del otro. En las antípodas exactas el uno del otro: los nudos emocionales comienzan a desenredarse; el dolor es finalmente reconocido y experimentado gracias al intercambio interior de estas dos almas solitarias.

Tacho, ya anciano, vive en un remoto pueblo de las montañas de México, dividiendo su tiempo entre sus pocos amigos y su desolada tierra. Una vida humilde. Una hija, Rosa, a quien no ve desde hace años y que ha elegido, tras una fuerte discusión con su padre, vivir en la ciudad.

Desde entonces, Tacho no ha tenido noticias de ella.

Y es, precisamente, tras recibir la noticia de la dramática desaparición de Rosa, ocurrida en misteriosas circunstancias, cuando el anciano padre decide enfrentarse a la ciudad y, con ella, a su historia familiar y a ese nudo interior difícil de desatar, nunca del todo resuelto. El mundo exterior, lejos de su pequeño microcosmos rural, está lleno de obstáculos y a años luz de su mirada desentrenada a la arenilla e indiferencia de la ciudad. 

Tacho sólo quiere ver a Rosita, reconocerla, a pesar de su rostro magullado e hinchado, y desea, más que nada, recuperar su cuerpo para evitar que termine en la fosa común… sin éxito.

Sin embargo, en la obtusidad burocrática en la que se pierde, todo se vuelve muy difícil para un padre que sólo pide ver, por última vez, a su amada hija. Y afronta este viaje con una compañera inusual, conocida por casualidad en un restaurante.

No es casualidad que el maltrato, tanto físico como psicológico, esté en el centro de este largometraje, aunque el tema sólo se insinúe y llegue siempre al espectador de forma indirecta, de soslayo: Tacho, lleno de rabia, en un pasado indefinido le cuenta a Damiana que golpeó –sin intención– a Rosa con fuerza tras una furiosa discusión, dañando gravemente uno de sus ojos.

Por otra parte, Damiana, de alma delicada y sensible, sufrió un triste abuso a manos de su tío, quien eventualmente mataría a su padre tras una confrontación. Todo el dolor lo convirtió en venganza. Ahora huye después de haberle quitado la vida a su abusador.

Damiana y Tacho se encuentran en una zona de limbo entre la desolación y la superación del pasado, ambos buscan la redención, y se reúnen precisamente para compartir y contar su dolor. Lo cual, una vez extraído y compartido, parece doler menos.

Ella, un alma perdida y tal vez ablandada por la ingenuidad del anciano, nunca lo deja solo y a su manera lo cuida; él, la escucha pacientemente, sobre todo en el momento de más difícil confianza.

El viaje de regreso

La película aborda un tema importante como es la redención. Sin embargo, y a pesar de no enfocarse en este aspecto, otro tema importante es el simbolizado por el título del largometraje. El tema del feminicidio no se aborda explícitamente, ya que –de acuerdo con Eichelmann Kaiser– no pretendía hacer una «película política», sino retratar la realidad. Durante la conferencia de prensa de la película, el director afirmó:

No quería ser político ni provocador, quería hacer una reflexión emocional; me interesaba poner un granito de arena para sanar la herida […] No hay nada más político que lo poético.

Una historia sobre la injusticia social, sobre las diferencias entre los tenores de vida que siguen sin ser escuchados para clamar venganza. Aborda y elabora sobre el corazón humano, sobre lo mucho que puede ser pétreo o, por el contrario, hacernos sentir finalmente aceptados.

Zapatos rojos es un camino de dolor lleno de (re)encuentros del que se puede renacer. No importa la edad. No importa la distancia.

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