Columna por: Celeste Espinosa

Antígona González no es un libro de poesía, aunque cada página puede leerse como un poema independiente, no es una novela, aunque narra con detalle el camino a recorrer cuando alguien que amas está desaparecido, tampoco es un ensayo, aunque hay opiniones en la obra que denuncian la injusticia.”


A veces siento que los libros me encuentran a mí, como si por algún motivo tuviera que leer algún libro en específico en un momento específico o tal vez sólo me gusta romantizar mi relación con la literatura, el asunto es que es sorprendente lo mucho que se sincronizan eventos en mi vida con los textos que voy eligiendo leer y eso mismo me pasó con Sara Uribe. En el lugar en dónde trabajaba era muy cotidiano que las personas olvidaran libros y en uno de esos olvidos, me encontré con el libro Antígona González, de Sara Uribe y así comencé con una lectura que se amoldó a la forma en que estaba viviendo en aquel momento. 

Sara Uribe es originaria de Querétaro, sin embargo, lleva muchos años radicando en Tamaulipas y ha sido ganadora de premios como el Premio de Literatura del Noreste Carmen Alardín, el Premio Nacional de Poesía Clemente López Trujillo y el Premio Nacional de Poesía Tijuana. Es una autora profundamente política, su obra se vio reconocida ampliamente a partir de, precisamente, su obra Antígona González en 2012, pues consiguió hacer una obra que rompe con las libertades incluso poéticas contemporáneas. 

Sara Uribe

Antígona González surgió de la mente de la dramaturga Sandra Muñoz como forma de denunciar mediante una obra literaria las desapariciones y matanzas a las que se enfrenta el México actual. Con esta idea, Sara Uribe se encomendó a hacer una obra de corte conceptual en la que emplea diversos recursos, como fragmentos de nota roja, poemas, citas del mito de Antígona, anécdotas para representar la desesperante búsqueda de los desaparecidos. 

La obra se divide en tres partes, la primera llamada Instrucciones para contar muertos y es dónde Sara Uribe nos presenta a su personaje principal, Antígona, una mujer de Tamaulipas que busca a su hermano Tadeo, quién ha desaparecido sin dejar rastro, una mujer que se enfrenta a las constantes complicaciones orquestadas por la burocracia bien acompañada del crimen organizado: 

Contarlos a todos.

Nombrarlos a todos para poder decir: este cuerpo podría ser el mío.

El cuerpo de uno de los míos.

Para no olvidar que todos los cuerpos sin nombre son nuestros cuerpos perdidos.

Me llamo Antígona González y busco entre los muertos el cadáver de mi hermano

A lo largo de la obra, Sara Uribe narra el miedo constante, la angustia de haber perdido a alguien y no tener certezas, porque esas son exclusivas, un lujo, un privilegio reservado para quienes saben a dónde ir a llorarle a sus familiares y no para los demás, que seguimos dando tumbos, buscando pistas, preguntándonos si existe la posibilidad de que quién se fue lo haya hecho con crueldad, con ganas de no saber más nada del pasado y de dejarnos en el olvido. Antígona cree con firmeza que su hermano no es uno de ellos, ella cree, como muchas otras más, que de estar vivo, Tadeo buscaría la forma de amagar su angustia, por eso Antígona navega con la certeza de que su hermano está muerto: 

Ellos dicen que sin cuerpo no hay delito. Yo les digo que sin cuerpo no hay remanso, no hay paz posible para este corazón.

Para ninguno.

La segunda parte de la obra se llama ¿Es esto lo que queda de los nuestros? y Antígona hace un recuento de los muertos encontrados en Monterrey, en Guerrero, en Querétaro, en Chihuahua, en Tamaulipas, siempre alternando con la historia de Tadeo, una suerte de narración que nos permite entender que Tadeo tuvo una madre, una hermana, unos hijos, una historia que queda en pausa hasta saber su destino. Antígona se pregunta, al toparse de frente con el crimen organizado, si su hermano no habría querido ser reclutado a la fuerza, como es costumbre entre las organizaciones criminales, para matar y escudo, con la pregunta siempre en vilo de qué es verdad y qué es mentira: 

Por eso cuando veo los noticieros, la verdad es que yo no sé qué creer ni a quién creerle. Cuando con vanagloria anuncian la captura o muerte de “civiles armados”, yo ya no sé si esos hombres, si esas mujeres que miran a la cámara con rostro impenetrable desde el paredón de los acusados o que yacen inertes sobre el asfalto, de verdad son delincuentes o sólo carne de cañón.

En la tercera y última parte, llamada Esta mañana hay una fila inmensa, Antígona González describe el laberíntico proceso de identificación de una cadáver, y cómo ese proceso puede complicarse aún más cuando en el sitio se encuentran muchos cuerpos y hay que identificar, denuncia de forma velada la manera en que las autoridades hacen pasar a los familiares por verdaderos suplicios para encontrar (con suerte) a sus familiares.

Por eso es que Antígona González sólo es el ejemplo de cientos de Antígonas que recorren el país casi a pie buscando la pista más pequeña, el indicio más ínfimo que pueda indicar en dónde se encuentran quienes aman, porque también queda evidenciado que en este país cuando desapareces es mejor estar muerto, tener la certeza de la muerte y no la angustia de la pena. 

Antígona González no es un libro de poesía, aunque cada página puede leerse como un poema independiente, no es una novela, aunque narra con detalle el camino a recorrer cuando alguien que amas está desaparecido, tampoco es un ensayo, aunque hay opiniones en la obra que denuncian la injusticia.

Antígona González es todo eso junto, una voz que enuncia muchas voces, que hace eco, que grita y que desentraña de forma inigualable cómo ver desaparecer a un ser querido

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